EL PERRITO COJO

 

El niño, al salir de clase,

se ha quedado entusiasmado,

mirando un escaparate

con seis cachorros jugando.

 

Sobre papeles y paja

se pelean todo el día

y si alguno se levanta

otros pronto lo derriban.

 

El niño intenta elegir,

examina a los cachorros,

no los puede distinguir,

son todos igual de hermosos.

 

Ojos negros y brillantes,

con las orejas caídas,

blanco todo su pelaje …

¡parecen una bolita!

 

Abre el niño con cuidado

la manilla de la puerta,

se encuentra con un anciano

esperándole en la tienda.

 

Cinco pequeños cachorros

vienen corriendo y saltando,

y al fondo aparece el otro,

que anda despacio, … cojeando.

 

Por delante de los cinco

un perrito se ha colado

y se restriega el hocico

echado junto a su mano.

 

El niño siente alegría

por este casual encuentro,

le produce simpatía

y le acaricia su cuerpo.

 

- “Mi corazón ha saltado

cuando ha lamido mis dedos,

yo creo que le he gustado

al cachorrillo cojuelo.

 

¿Señor, me puede informar

cuánto valen estos perros?

¿Cuánto tengo que pagar

para llevarme uno de ellos?”

 

- “Por los perritos yo pido

unas cincuenta monedas,

pero por ese tullido …

me puedes dar lo que quieras”.

 

El niño se ha entristecido,

no le gustó la respuesta,

ha sacado del bolsillo

como unas treinta monedas.

 

- “Yo quiero pagarle todo

el precio del cachorrito,

porque es el más cariñoso

aunque esté un poco cojito.

 

Ahora le doy lo que tengo,

que son las treinta monedas,

y para pagarle el resto

hasta llegar a cincuenta,

 

pasaré cada domingo,

muy pronto, por la mañana,

y le pagaré otras cinco,

mi paga de la semana”.

 

El pantalón se subió,

el de su pierna derecha,

y al anciano le mostró

una pierna de madera.

 

- “Que yo también soy cojito,

pues mi pierna se infectó

cuando yo era sólo un niño

y un doctor me la amputó.

 

¡Por eso no valgo menos!

Yo saco mejores notas

que todos mis compañeros

y a los que son cabezotas

 

les ayudo en los recreos,

mientras que otros se divierten

con sus carreras y juegos,

alegres e indiferentes.

 

No hay que juzgar apariencias

para apreciar el valor,

el genio, la inteligencia,

la voluntad y el amor.

 

Por su virtud y bondad

se han de apreciar las personas,

los valores que en verdad

en su interior atesoran”.

 

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© Manuel de Churruca y García de Fuentes