EL RAYO SELENITA

 

Yo era un rayo de luna incandescente,

con un brillo azulado y misterioso,

ansioso de cruzar el orbe ingente

traspasando lo oscuro y tenebroso.

 

Era rayo nocturno de la luna

que, en lo alto del cielo, te miraba,

buscando la ocasión más oportuna

para juntar mi brillo con tu cara.

 

Tú eras agua tranquila de una charca

en una noche silenciosa y fría,

que, tendida en la tierra, la abrazabas

y, mirando a lo alto, sonreías.

 

Jugabas a creerte fino espejo

en busca de bellezas reflejadas,

observando el inmenso firmamento

sin cruzarte jamás con mi mirada.

 

Yo te quise tocar, quise ser tuyo,

quise acariciar tu lisa piel de agua,

sentir tu sonrisa regalada al mundo,

hallar descanso en tu bruñida plata.

 

Así que, sin dudarlo, me lanzaba

para conquistar tu alma cristalina,

pero ese mismo instante en que llegaba

era el mismo momento en que partía,

 

rebotando en tu cuerpo transparente,

reflejado en tu superficie lisa,

sin que mi luz sin brazos no pudiese

abrazarse a tu piel resbaladiza.

 

Nada turbó tu calma indiferente,

no se produjo ni una onda ni una ola,

yo cambié mi vida, ya para siempre,

y tú seguiste imperturbable y sola.

 

Errando despechado en tu rechazo

viajé a la inmensidad del universo,

teniendo sólo un pensamiento grato:

el recuerdo … ¡de aquel único beso!

 

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 © Manuel de Churruca y García de Fuentes