EN CÁDIZ HAY UNA NIÑA

 

En Cádiz hay una niña,
en Cádiz hay una niña
que Catalina se llama, ¡ay, sí!,
que Catalina se llama.

Su padre es un perro moro,
su padre es un perro moro,
su madre una renegada, ¡ay, sí!,
su madre una renegada

Todos los días de fiesta,
todos los días de fiesta
su padre la castigaba, ¡ay, sí!,
su padre la castigaba.

Porque no quería hacer,
porque no quería hacer
lo que su padre mandaba, ¡ay sí!,
lo que su padre mandaba

Le mandó hacer una rueda,
le mandó hacer una rueda
de cuchillos y navajas, ¡ay sí!,
de cuchillos y navajas.

La rueda ya estaba hecha,
la rueda ya estaba hecha
y Catalina sangraba, ¡ay, sí!,
y Catalina sangraba.

Ya baja un ángel del cielo,
ya baja un ángel del cielo
con la corona y la palma, ¡ay, sí!,
con la corona y la palma.

Sube, sube Catalina,
sube, sube Catalina,
que el Rey del cielo te llama, ¡ay sí!,
que el Rey del cielo te llama.

¿Qué me quiere el Rey del cielo,
qué me quiere el rey del cielo
que tan temprano me llama, ¡ay, sí!,
que tan temprano me llama?

Quiere ajustarte las cuentas,
quiere ajustarte las cuentas
de la otra vida pasada, ¡ay, sí!,
de la otra vida pasada.

 

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Nota: Esta poesía era ininteligible cuando éramos niños, hasta el punto de que la cantábamos diciendo “su padre era un perro lobo”.

Hoy entendemos que se refiere a Santa Catalina de Alejandría, una santa que nació hacia el año 290 en el seno de una familia de estirpe real de Alejandría (Egipto). Dotada de una gran inteligencia, formó parte de los grandes poetas y filósofos de su época. Una noche se le apareció Jesucristo y decidió consagrarle su vida.

El emperador romano Majencio acudió a Alejandría para presidir una fiesta pagana y ordenó a todos los súbditos hacer sacrificios a los dioses. Catalina se negó en varias ocasiones, por lo que el emperador mandó flagelarla y encerrarla en prisión. Allí fue visitada por la propia emperatriz y el oficial Porfirio, donde Catalina consiguió convertirlos junto con otros doscientos soldados.

El emperador ordenó entonces que torturaran a Catalina utilizando para ello una máquina construida con cuatro ruedas guarnecidas con cuchillas afiladas. Las ruedas se rompieron al tocar el cuerpo de la santa, quien salió ilesa. La emperatriz trató de interceder a favor de Catalina, pero fue decapitada, al igual que el oficial Porfirio y sus doscientos soldados convertidos. Obstinado, Majencio ordenó la ejecución de Catalina, quien murió decapitada.

Los atributos de la Santa son la corona de la realeza, la palma del martirio y la rueda arpada.

 

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