CUANDO YO ME MUERA

 

Cuando yo me muera, pobres hijos míos,

y vengan a casa los enterradores

a buscar mis restos rígidos y fríos

para arrebatarlos de vuestros amores.

 

Cuando ya mis ojos no puedan miraros

y me haya invadido la eterna quietud

y el cuerpo no pueda salir a buscaros

de las ocho tablas de un negro ataúd.

 

Cuando solo y lívido, bien amortajado,

quede entre los pliegues de lienzos caseros,

después que ya todo lo haya terminado

la tierra que me echen los sepultureros.

 

Cuando lleguen esos terribles instantes

en que vuestras dulces voces tan amadas

me llamen con trágicos tonos delirantes

y ante mi silencio callen aterradas ...

 

Cuando sollozantes todos los hermanos,

con espantadizo y hondo desconsuelo,

vengáis a cubrirme de besos las manos

y al acariciarlas las sintáis de hielo ...

 

Cuando ya parezca siempre mudo,

para siempre frío, para siempre inerte,

aun quiero en la vida serviros de escudo

venciendo el absurdo fatal de la muerte.

 

Y así, pobres hijos, cuando en el materno

regazo dulcísimo durmáis silenciosos

en las largas noches del horrible invierno

y os despierten graves ruidos misteriosos,

 

y sienta en su triste lecho de vïuda

vuestra madre el sueño segado en la hoz

del llanto, deciros sin miedo y sin duda:

- “Nuestro padre llega y es ésa su voz ...”

 

Y habréis escucharla siempre amante y pura

cuando os acometan las torpes pasiones,

cuando os atormente la mala ventura,

cuando desfallezcan vuestros corazones …,

 

ella os dirá, dulce y queda y amante:

- “¡Venced las flaquezas con ánimo fuerte!

¡Yo os sigo de cerca, vivo y vigilante,

a través del negro dintel de la muerte! ...

 

Que os ate un cariño trabado y sincero.

Todo repartíroslo: el pan y el dolor.

¡Y avanzad seguros por vuestro sendero

sembrando una siembra divina de amor!

 

Sed vosotros dulces, y sed generosos

vosotros, mis hijos; mas sabed también

enseñar, si os muerden los lobos rabiosos,

al golpe la mano y el alma al desdén.

 

Que haya en vuestro espíritu, armónicamente,

ternura y desprecio, braveza y piedad,

y una sed rabiosa, noble y absorbente,

de sueños, de rimas y de eternidad ...

 

Nada os amedrente; ningún mal presagio

os turbe de miedo; las almas serenas

sed siempre, hijos míos, en este naufragio,

vosotros muy fuertes, vosotras muy buenas ...

 

Sonarán mis voces siempre a vuestro lado

con mi amor prendido de vuestros amores,

cuando ya parezca todo terminado

y vengan a casa los enterradores ...

 

¡Hijos, no se muere! En la honda caverna

del negro misterio, sin fondo sensible,

una voz me grita: - “¡La vida es eterna

y en lo misterioso nada es imposible!”

 

En el campo, en casa, -¿vienen de muy lejos?-,

yo oigo de los muertos confidencias quedas

entre las carcomas de los muebles viejos

y entre los ramajes de las arboledas ...

 

Infinitamente se engrana la vida

y en el infinito no hay menos ni más ...

¡Yo siempre, hijos míos, llevaré prendida

mi vida a la vuestra, por siempre jamás!

 

La vida es eterna ... Misteriosamente

siento de mis muertos las voces, que son

como un gran consuelo suave y confidente

en la prematura vejez de mi frente

y en la carne viva de mi corazón ...

 

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